lunes, 28 de mayo de 2012

¿QUÉ TIPO DE CALZONCILLOS USA RAJOY?




     Supongo que la mayoría habrá llegado hasta la entrada de este modesto blog ansioso por conocer la respuesta a la pregunta que le da título. Trataré de satisfacer vuestra, digamos, curiosidad a la mayor brevedad. No quisiera ser yo uno de esos reprobadores mal intencionados que prejuzga y osa tildar de morbosa a la gente solo porque ambicionen instruirse y adquirir algunos de los valiosos conocimientos que hoy día la red, bendita red, proporciona libremente. Hay que tener en cuenta además que por su categoría, la pregunta podría incluirse perfectamente en eso que los politólogos llaman "cuestión de Estado" y se sabe que en España somos extremadamente tendentes a conocer y participar activamente en asuntos de política que afectan al bien común.

     Muchos de vosotros habréis supuesto ya mi contestación. No en vano nuestra prodigiosa naturaleza nos confiere con inusual frecuencia una portentosa capacidad intuitiva de la que solemos jactarnos orgullosamente (cierto es que normalmente a posteriori) pero de todos modos ahí va la respuesta :  

     "No sé que tipo de calzoncillos usa Rajoy" pero ese no es motivo suficiente para tenerle miedo. Del mismo modo, conocer la clase de boxers o el color de los slips con los que el señor presidente sujeta sus "analogías" sería circunstancia relevante para decidir dejar de respetarle, aunque solo sea atendiendo a su condición de ser humano. 

     Digo esto porque la actitud de Rajoy y sus acólitos tratando de dibujarnos un panorama aterrador con el fin de llevar a cabo sus políticas neoliberales ante nuestra indolencia, me recuerda a la de una profesora de instituto que me dio clase de Historia hace ya algunos años (todavía no tantos). Era una mujer oronda, probablemente próxima a la jubilación, aunque con dieciséis años cualquier persona que aparentase llevar a las espaldas más de cuatro décadas lo parecía. En cualquier caso, parecía indudable que la buena mujer había iniciado su carrera docente durante el "Antiguo Régimen" y sus métodos todavía pertenecían a él.

     La maestra, pongamos que se llamaba Gloria. Pues bien, Gloria llegó al instituto días después de presentarse en él su sanguinaria fama. El primer día de clase se presentó vigorosa y falsamente amable con la sana intención de predisponernos para posteriormente comenzar a inculcarnos a quemarropa su doctrina. Eran casi dos metros de señora con cara de no haber dormido bien y un maquillaje que no conseguía hacernos distinguir si aquella mujer estaba realmente viva o se levantaba cada mañana de su tumba dispuesta a comerse las vísceras del alumno que no se aplicara. Nosotros entonces, ya sabíamos que la habían echado de todos los centros en los que trabajó anteriormente (incluso de un colegio de monjas). Sabíamos que día sí y día también se enfrentaba a juicios con padres, alumnos, otros profesores y todo aquel que se pusiese por delante. Y sabíamos, lo más importante, que era imposible aprobar la asignatura a no ser que en el examen escribieses las respuestas exactamente y palabra por palabra tal y como ella quería. Ahora la teníamos delante, y he de decir, que su prestigio se sumó a su presencia con tal virulencia que al salir a los pasillos en el descanso, la mayoría coincidimos en que había sido una de las experiencias más espeluznantes de nuestras cortas vidas.

     No me perderé en anécdotas debido a mis problemas de memoria episódica pero si recuerdo que la dinámica de aquellas clases era infernal. El ambiente estaba infectado de tensión y Gloria parecía disfrutar incrementándola, disparando continuamente preguntas y apuntándonos con su mirada endemoniada. Tenía la dudosa habilidad de elegir siempre a los que no nos sabíamos las respuestas y con cada cuestión fallada, sus desmesurados carrillos iban cogiendo color hasta amoratarse, sus ojos salían de las cuencas inyectados en sangre y de su cabeza más de uno hubiese jurado ver salir un espeso humo negro. Entonces, de su sórdida garganta se escapaban unos estridentes sonidos que pretendía hacer pasar por palabras con los que conseguía vapulearnos como si mostrar nuestra ignorancia en público no fuese suficientemente cruel. 

     Es muy probable que las cuestiones que nos plantease fueran de sentido común o que deberían haber sido estudiadas en su momento. Es sumamente factible que el ochenta por ciento del alumnado tuviese mayor interés en saber quien ocupaba esa semana el número uno de los cuarenta principales que el año en el que empezó la Guerra Civil pero dudo que su actitud sirviese para despertar ningún tipo de inquietud académica en ninguno de nosotros. Claro que no creo que esa fuese su intención. Y a pesar de todo, los hay empeñados en decir que cualquier Ley de Educación pretérita fue mejor. Es opinable.

     Gloria era una maestra de la vieja escuela, de esas que todavía no sabía que existía una diferencia (no tan sutil) entre el respeto y el miedo. Hasta que llegó el tiempo de nuestra venganza. Fortuita, así pienso que fue como se desarrollaron los hechos a día hoy, pero no por ello menos suculenta. Como ya he debido decir y sin pretender cebarme en este aspecto, era una persona bastante alta y muy gruesa. A pesar de los años y de mis problemas de memoria que creo haber mencionado también, no me equivoco demasiado si me aventuro a aseverar que superaba las tres cifras en kilos. Es importante citar su envergadura debido a la responsabilidad que esta sin duda tuvo al ejercer presión en el reposabrazos de la vetusta silla sobre la que la educadora se sentó. El asiento debía de estar también próximo a la jubilación pero por desgracia no pudo sobrevivir al fatal accidente. Su carrera se truncó en ese momento al no poder aguantar el peso de su eventual inquilina. Entre aspavientos y con cara de estar siendo absorbida por un agujero negro, Gloria se derrumbó. Su curvilínea espalda al contactar contra el suelo rodó ligeramente, lo suficiente para que sus piernas se elevasen por encima de la cintura y provocasen que sus faldas cediesen terreno, dejando al aire sus muslacos y en última instancia, sus enormes bragas.

     Toda la clase contempló el espectáculo pero no se escucharon más que leves murmullos. Nadie se atrevió a carcajearse...hasta que la docente se levantó y la dio por terminada huyendo con la cabeza enterrada en los hombros. A partir de ese día algo cambió en nuestra relación con la maestra. Evidentemente seguimos teniéndole miedo, más todavía si cabe a raíz del incidente pero le habíamos perdido totalmente el respeto y nunca más conseguiría ganárselo. No todo fue negativo para Gloria. Ese día, al menos aprendió la diferencia entre el miedo y el  respeto antes de concluir su trayectoria profesional. 

     Lo que quería contar a fin de cuentas es que como por lo que parece, no hay nada de lo que digan, por muy falso, demagógico o perverso que pueda llegar a ser, que les haga ruborizarse; todos los políticos deberían quedarse con la ropa interior al aire en público al menos una vez en sus vidas. Lo máximo que sacaremos de ellos, por muy pueril que pueda parecer, es el placer de observarles sintiéndose ridículos. Todo lo demás ya se lo han llevado o están haciéndolo en estos momentos. 

     Por cierto, supongo que no os interesa y que posiblemente os lo podáis imaginar teniendo en cuenta  que la intuición no nos suele fallar, pero os lo cuento :          

      Negras...... sus bragas eran negras.



     




jueves, 10 de mayo de 2012

EL LASTRE

     Los días se habían convertido en un macabro juego de azar. Las horas eran escupidas sin piedad por un bombo cruel que parecía esconder en su vientre las bolas que coincidían con su boleto. 

     "Lo siento. Siga probando, espero que tenga suerte. Buenos días"

    "Suerte" Empezaba a sonar a palabra maldita para "el Chino". Desde hacía seis meses, todo el mundo lo animaba y se la deseaba como si no fuese posible encontrar otra solución para él. Pero "el Chino" no precisaba de la puta suerte. Solo necesitaba un empresario que dedicase unos minutos a leer el contenido del currículum y no prejuzgase intenciones en función de su pasado. El pasado, una vez, fue un maremoto que engulló su irreprochable reputación. Han pasado muchos años ya, pero por más que pasen esa playa costera no recuperará nunca del todo su pretérito e impoluto esplendor.

     "El Chino" entretiene los intervalos vespertinos en el bar frente a la pensión que le da cobijo provisional. La primera deja siempre un poso amargo y protesta porque no soporta el sabor algo acedo y metalizado.        

     " Este no es el de siempre, Germán, no me jodas". Después, uno tras otro, caen los tragos del indigesto mejunje casero que le venden por "Rioja" al tiempo que su realidad se va disipando. Comparte barra con cualquier alma perdida eventual, ríe, llora, finge que escucha, habla, frecuentemente discute y si es inevitable se pelea. 

     Hoy Germán ha tenido que volver a invitarle a salir. No pagó las últimas dos copas. Sabe que es cliente habitual y que no se va a escapar del hostal pero "el Chino" ha vuelto a tener que escuchar la cantinela. 

     " La casa no ha tenido por uso fiar al cliente en ciento veinte años de servicio y no va a hacer una excepción contigo por muy fiable que seas. No lo hizo con el gran escritor...." 

     " No se qué de Bradomín, sí lo sé. Acabas de perder un cliente... y esta vez lo digo en serio. Buenas noches", balbuceó "el Chino" de un modo ininteligible y tan pausado que las palabras le sirvieron de puente entre la puerta del bar y la de su hostal.

     Por las noches luchaba consigo mismo por no pensar. Acercaba la nariz a la áspera y raída sábana y respiraba fuerte aquel olor a desinfectante, como si pretendiera colocarse. Pero siempre le venía a la mente su pequeña Rebequita. Sabía que estaba bien por Tito, el mayor, que accedió a charlar con él un rato el día que salió. Pero le dejó claro que ambos se las había arreglado muy bien solos y que no necesitaban que nadie les viniese a enturbiar la paz que tanto habían tenido que pelear por su causa.

     En la mesilla, entre sus pocas pertenencias, conservaba la cuchilla improvisada con filtros de colillas que "el Mellao" le regaló como recuerdo el día que salió. Nada aseguraba que no pudiese fabricar otra pero era buena señal que se desprendiese de ella. Todavía recuerda la sangre por toda la habitación y sus ojos asustados. Menos mal que llegó a tiempo y pudo apretar lo suficiente para contener la hemorragia al tiempo que gritaba para que los guardias acudiesen. El cabrón de "el Mellao", vaya susto que les había dado a todos. Esa era su auténtica familia. Las horas de patio discutiendo de política, los talleres donde soñaban con aprender un oficio para mantenerse el día en que recuperasen la libertad... Esta es la libertad que buscó durante más de veinte años... ¿y ahora qué? Lloraba mientras sujetaba la frustrada arma del suicida. La decisión estaba tomada.

     "El Chino" paseaba aquella mañana por una de las más opulentas calles de la ciudad. Cualquier sitio parecía bueno pero se aseguró de elegir el que menos sufriría las consecuencias de su acción. Saco la barra de hierro que escondía en la gabardina y la emprendió a golpes con el escaparate de la joyería que presumió tendría el mejor seguro. Mientras afanaba todo el material que abarcaban sus grandes manos dejó escapar una sonrisa de satisfacción. Probablemente la primera sonrisa desde que salió con la condicional.

     "La alegría que se va a llevar "el Mellao" y el resto cuando se enteren", pensó mientras se metía decenas de anillos de oro en el bolsillo. Cuando supuso que era suficiente para sus propósitos, "el Chino" se sentó en el suelo a esperar a la policía. Estaba totalmente relajado pero impaciente por volver a ver a sus compañeros.

     






jueves, 19 de abril de 2012

DESAHUCIO


Seguro que hubiese elegido ser cualquier otra cosa. ¿Un ave selvática? Eso estaría bien. Un aventurero, un deportista olímpico, quizás un reptil. Posiblemente se conformaría con no ser más que un insignificante insecto. Pero el libre albedrío no era una cualidad inherente a su naturaleza.

Pasó sus años de vida útil al servicio de una humilde familia en el extrarradio de Dios sabe que ciudad. Soportó condiciones meteorológicas adversas y en ocasiones se llevó más de un golpe; algunos fortuitos y otros no tanto. Sin embargo, y en este caso por suerte, el dolor y el sufrimiento eran otras de las capacidades que su condición no disfrutaba.

Si pudiese escuchar se sabría de memoria todos los éxitos de gasolinera de los ochenta. Probablemente su postura estaría cercana al extremismo si se le preguntase acerca de Los Chichos, Calis, Chunguitos, Junco... Para bien o para su desgracia Ludwig Van nunca paraba a repostar por el barrio.

Pudo haber visto, en aquel desamparado hogar que ayudó a crear, acontecimientos de desbordante felicidad (los menos), de incontinencia frenética, de enajenación mental transitoria, de incontinencia verbal, de fertilidad certera, de incontinencia fecal, de usos y abusos, de incontinencia suma, de consecuencias punibles, etc... Pudo haber sido testigo de cargo de las palizas que aquel hombre propinó a su mujer y a los cuatro hijos que llegó a engendrar.... si no careciese de ojos y de boca. Si tuviese la capacidad de desear que se pudriese en la cárcel... si fuese quien de jurar, juraría que hubiese pasado "enjaulado" mucho más tiempo del que ya cumple.

Razonando, encontraría argumentación suficiente para tratar de convencer al juez, a la Guardia Civil o al político de turno. Ahora que ella se había atrevido a denunciar a su verdugo, la Justicia no podía dejarla en la calle con sus cuatro pequeños. Con un poco de humanidad conseguiría una moratoria para que pudiese encauzar su vida de nuevo.

El alma se le partiría escuchando a la mujer, ante la puerta, defender la chabola entre sollozos. Tras la orden, las quejas se perderían ahogadas por el estruendoso ruido del motor de las retroexcavadoras al arrancar. No podría soportarlo, después de tantos años juntos.

Una vez concluida la demolición, hubiese sido objeto de multitud de comentarios si los allí presentes se percatasen de su supervivencia. Pero todos estaban inmersos en sus propias tribulaciones y a nadie pareció importarle que fuese lo único que permanecía intacto después de la violenta destrucción. Sara fue la única y, todavía presa de la ira y la impotencia, reparó en él. Se hubiese sentido halagado, tras compartir techo durante tanto tiempo, pero después de todo no era más que una vulgar piedra inerte.

Sara, agarró el único ladrillo que resistió la embestida de la maquinaria de demolición y, acercándose por detrás y a traición, lo arrojó con toda su rabia hacia el grupo de personalidades que ya abandonaban el lugar tras verificar que se cumplía la orden judicial. Alcanzó a uno de los tipos trajeados que cayó al suelo tras recibir un impacto que resultó suficiente para reventar su occipital. El ladrillo se partió en mil pedazos que se desperdigaron por el árido suelo. Entre los trozos de arcilla cocida se advertía la sangre que resbalaba por su superficie como si brotase de su interior; como si realmente fuese su propia sangre.

lunes, 19 de marzo de 2012

EL ENCARGO

Al recibir la fatal noticia, Jorge se tambaleó dejándose caer sobre el mullido sillón de la sala. La encajó con incredulidad, como las anteriores, pero ya sin sorpresa. Volvió a sacar del cajón el recorte de prensa donde se publicó la fotografía en la que aparecía junto a sus compañeros de equipo y la observó durante minutos. Jamás creyó en males de ojo, ni en "meigas", ni en nada del estilo pero aquella cadena de tragedias no podía ser fruto de la casualidad sin más.

- Ha muerto otro compañero, mamá- susurró aturdido ante la atónita mirada de la madre que se acercó pasando su mano por el hombro y sin saber ya que decir.

A Jorge le resbaló una lágrima sobria por la que descargó parte de ese sentimiento de pena y miedo a partes iguales que empezaba a invadir su interior. La gota se estampó contra el pie de foto y al volver a leerlo, Jorge sonrió recordando el error de edición:
"Equipo campeón del torneo de primavera 2011".

-No ganamos mamá- masculló sollozando

-Lo sé, Jorge, lo sé- le consoló.

-Perdimos la final contra ese equipo de "mastodontes". No tuvimos ninguna opción pero nos reímos mucho cuando leímos el pie de foto al día siguiente. ¡Míralos como posan antes del partido! Cuesta creer que casi todos estén muertos un año después-

Jorge llegó al tanatorio donde le esperaban sus compañeros. Al saludarlos pensó si él dejaría entrever en su rictus la misma expresión de terror que transmitía el rostro de estos.

- Solo quedamos los tres, ¿me creéis ahora?- musitó Rubén que opinaba que alguien había practicado con ellos alguna acto de magia negra.

-Deja de decir tonterías, esas cosas no tienen sentido, además ¿por qué motivo alguien querría vernos muertos a todos? - replicó Jorge.

-Yo ya no sé que pensar, ocho compañeros muertos en menos de un año no deja de ser demasiada casualidad- contestó el portero.

Para ninguno de ellos tenía sentido ninguna explicación racional pero Jorge se negaba a creer en la teoría del mal de ojo. Cuando "El Culebras" apareció muerto al mes de disputar aquel partido reinó la consternación. Nadie podía imaginar que un chico joven pudiese suicidarse aunque muchos conocían sus problemas conyugales y económicos que se iban multiplicando por semanas. Fue aquel accidente del pesquero donde trabajaban cuatro de los integrantes de la plantilla el que dio pie a las absurdas teorías de Rubén. Después la moto de Oscar, la picadura de abeja que pilló a Toni desprevenido y lejos de su adrenalina y por último la reciente caída que causó la rotura de cuello de Juan contra algún maldito peldaño. Lo cierto es que a diferencia de los anteriores, nadie de los presentes en ese velatorio se atrevió a acercarse a los tres supervivientes durante toda la tarde.

-No hay nada que podamos hacer, somos los siguientes- dijo Rubén con desesperación.

Pronto vencería el año de plazo que el cliente había dado al "Estirnina" para llevar a cabo el encargo. A través de su página web en la que se ofrecía como exterminador de plagas volvió a teclear la contraseña que enmascaraba su verdadero oficio. El "Estirnina" fue citado de nuevo por aquel misterioso hombre del que nada necesitaba saber. Si había llegado hasta donde estaba era porque cumplía con sus encargos y nunca hacía preguntas. Una vez más se puso a disposición de su contratante del que solo recordaba aquel marcado y característico acento. Siguiendo las instrucciones, como la vez anterior, dejó la llave bajo el felpudo del piso alquilado para la ocasión, tragó la dosis de somníferos prescrita y se acostó a esperar.

Al despertar, recordó las mismas sensaciones del día de su contratación. Se encontraba sentado y atado de pies y manos, una venda le cubría los ojos y el mismo aroma a puro le invadía la garganta. Tal y como el primer día, no tardaría en escuchar aquella voz:

-Confieso que estoy decepcionado señor... ¿vitamina? me habían dicho que usted era el mejor.-

-Lo soy señor, ya le dije cuando me contrató que era un trabajo complicado y que un año no era tiempo suficiente. Pero le prometí trabajar en ello en exclusiva y calculó que en unos tres meses más estará resuelto.-contestó el "Estirnina" seguro de sí mismo.

-Le adelanté mi dinero "melanina" y me dice que en tres meses va a hacer usted lo que no logró en un año- gritó el hombre tras soltar otra bocanada de humo.

-Tiene que comprender que eran desconocidos, he tenido que hacer un seguimiento de once personas y esperar el mejor momento para hacerlo pasar por accidente como me dijo. Solo he podido acabar con ocho...-

-¿Cómo ocho? Mis fuentes me han dicho que todos los "mad...", que todos están vivos- exclamó el cliente aumentando su enfado y sin entender lo que estaba pasando.

- ¿Iba a decir "maderos"? Ninguno de ellos es policía, la tarifa hubiese sido distinta de lo contrario- Dijo sorprendido.

-¿Y por qué querría verles muertos si no? ¿De quién creías que querría vengarme de esta manera? Te dije donde encontrar su fotografía.-

-La busqué en el diario que me indicó, el equipo vencedor del torneo. La tengo todavía en el bolsillo- Un secuaz introdujo su mano en él y extendió la foto sobre la mesa.

-Estos no son los vencedores- rugió el vengador desolado mientras sacaba un revólver que estampó en la sien del asesino que no tuvo tiempo de escuchar el sonido sordo del disparo que acabó con su vida.

En ese mismo instante, un editor de diario local colocaba otra vez un pie de foto equivocado, apagaba el ordenador con prisas y se iba a casa a descansar y a disfrutar de su familia, plácidamente. Al día siguiente, alguien le recordará que se ha vuelto a equivocar y él sonreirá restándole importancia a la errata.

lunes, 20 de febrero de 2012

POSESIÓN


Ella se aferraba a su presencia como nunca lo había hecho antes. Recordaba su vida con él desde que tenía memoria pero nunca lo había sentido tan cerca...tan suyo. Siempre intentaba mostrarse cariñosa; quería que supiese que estaba ahí y que debía contar con ella. Ningún beso era redundante, ningún abrazo trivial mientras lo sintiese cerca.

A él le empezaba a preocupar cada vez más su actitud. Hacía semanas que notaba un exceso de celo que comenzaba a resultar enfermizo. Desde que contempló sus pequeños ojos achinados por primera vez, hacía dos años y medio ya (el tiempo pasa para todos), supo que la querría para siempre y que su vida se centraría en tratar de hacerla feliz, costase lo que costase. Pero no estaba acostumbrado y en ocasiones, su ofuscado comportamiento le parecía extremadamente irritante.
Ella quería acompañarlo a todos lados, a todas horas. Era demasiada la frecuencia con la que montaba "escenitas" cuando él se iba de casa, aunque fuese por motivos laborales. No permitía que nadie se le acercase, que nadie osase entablar la más mínima conversación. En ocasiones incluso llegaba a desatar su furia golpeando a quien pretendiese algo más que saludarle.

Él estaba al borde de la desesperación. Sus allegados trataban de animarlo, diciéndole que seguramente se trataba de un conducta pasajera y que todo volvería a ser normal en poco tiempo, pero no sabía que pensar. Recordó entonces a un viejo amigo que hacía mucho que no saludaba. Había escuchado decir por ahí que trabajaba de psicólogo o de psiquiatra o alguna profesión de esas que tratan a gente que pierde la calma y se decidió a quedar con él.

Ella, por supuesto, lo acompañó. Para no levantar sus sospechas, decidió citarse en un bar cerca de la consulta del amigo dónde siempre hacía pausa para llenar el estómago a media mañana. Tardaron plato y medio en ponerse al día mientras ella daba cuenta de su menú a regañadientes, sin entender una palabra de lo que decían y sin querer disimular su frustración. Después él entró en materia y explicó a su amigo el gran problema implorándole una solución que le permitiese volver a descansar por las noches.

-Tranquilo hombre, no tienes porqué preocuparte de nada - dijo el amigo con una gran sonrisa. - Estás cosas son totalmente normales, echarás en falta el día en que no te necesite tanto- prosiguió levantándose de la mesa y tendiéndole la mano entre carcajadas pues se acercaba la hora de regresar a la consulta. Ella observaba la conversación y frunció el ceño al percatarse del gesto. Irritada, golpeó con rabia el brazo del amigo tratando de evitar el amistoso apretón de manos mientras gritaba con su dulce vocecita ofuscada: -Papá "ez" mío -

viernes, 27 de enero de 2012

EL ASESINO DEL ESTANQUE


Las primeras informaciones que vieron la luz acerca del repugnante crimen (¿cuál no lo es?) eran confusas y atropelladas. "Según fuentes policiales, el cuerpo de una joven de entre veinte y veinticinco años acababa de ser hallado sin vida y con signos de violencia flotando en el estanque del parque norte de la ciudad", hasta ahí el hecho veraz. La elegante enviada al lugar del suceso, aparentaba sobriedad mientras relataba la exclusiva. Solo, en algún momento y de manera subconsciente, dejaba escapar una ligera mueca de satisfacción denotando triunfalismo al saberse portadora de tamaña prerrogativa.

Tras el impacto inicial, los medios locales no tardaron en interesarse por las circunstancias y la trascendencia de los acontecimientos se abrían hueco en las tiradas de los noticiarios nacionales. A cuentagotas, fueron descubriendo pormenores y entresijos asegurándose de proporcionar las dosis justas para mantener la atención en los días sucesivos. Lo importante eran las ventas y la audiencia. Si la pequeña parte de verdad debía de ser aderezada con algún condimento inventado o si era ético tergiversar pequeños detalles de gran interés para los espectadores era un debate fútil que nunca llegó a iniciarse.

Yo estaba allí. Trabajaba de gorila en la discoteca situada en la otra punta del parque. Y estaba malhumorado. Debido a la ley del tabaco la clientela no permanecía en ella más de dos copas y repartía la noche entre los distintos locales de la zona. Había más movimiento sí, pero las ventas empezaban a bajar y la gerencia decidió subir el precio de la entrada. Demasiados "marrones" por noche. Había decidido que esa sería la última.

La chica salió del local en compañía del muchacho, casi al cierre. La prensa había dado la información correcta una vez más. Era lógico puesto que decenas de declarantes atestiguaron sin ninguna duda haberlos visto juntos durante gran parte de la noche. Permanecieron en un coche durante varios minutos. Puede que regañasen, tal vez no. De eso no hay testigos ni especulaciones. Pero no es cierto que se dirigieran ambos al parque. Salieron del vehículo discutiendo, se propinaron varias bofetadas en la cara mutuamente y ella corrió hasta allí, sola mientras él desaparecía conduciendo en sentido contrario.

Para mí, fue una auténtica sorpresa observar por televisión casi en directo como a los pocos días detenían al pobre chaval acusado de violación y asesinato. El caso permaneció dos o tres años en período de "stand by" mediático mientras la judicial efectuaba todas las investigaciones. Durante ese tiempo, conseguí un trabajo de bedel en un colegio privado y afiancé mi relación con Marina. Nunca tuve remordimientos por no haber declarado a la policía lo que ahora he confesado. Simplemente seguí con mi vida.

Ahora todo vuelve a primera página. Resultaba estremecedor ver como las hordas de espectadores hambrientos de Justicia se abalanzaban sobre el coche de policía que trasladaba al acusado a los tribunales el primer día del juicio. Piden Justicia pero "en realidad" buscan venganza confundiendo los términos sin pudor. No dudarían en lapidar al reo a la menor oportunidad. Posiblemente después lo celebrarían y dormirían a pierna suelta sin un resquicio de arrepentimiento. Para la "opinión pública" la sentencia ya estaba dictada y cualquier condena sería escueta y criticable. La gente siempre sabe todo sobre cualquier cosa y es peligroso poner en entredicho su honradez, integridad y sabiduría. No importan los siglos que pasen, siempre hay una hoguera dispuesta en cualquier plaza para quien ose desconfiar de la voz popular.

Ayer conocí a mi primera hija, Esperanza. El nombre no me gusta pero desde que tuve noticias de su gestación solo quería una cosa: que lo eligiese la madre. Ellas no merecen sufrir... Ahora trabajo de voluntario en un centro de menores. Intento enseñar a los jóvenes a enderezar sus vidas, a que hagan lo correcto. Llevo cuatro años allí, los mismos que el atribulado compañero de la pobre chica muerta en prisión tras el juicio. Cuatro años sin dormir, reprochándome no haberlo contado todo durante los tres anteriores. Siete años recordando cómo al cerrar la discoteca ese grupo de borrachos que me increpaban por impedirles reiteradamente el paso me rodearon armados con bates y navajas. Siete años, abriéndome paso a empujones, corriendo aterrorizado hacia el parque. Siete años escondiéndome entre los arbustos para no ser encontrado. Todavía recuerdo el tacto de la enorme piedra con la que me armé. Aún escucho los jadeos de aquellos salvajes al pasar junto a mi refugio. La contundencia con la que estampé la roca en su cabeza. Todavía no me explico como la pude confundir. Ella no debía haber recibido el golpe... no tenía que estar en el parque ya... Ellas no merecen sufrir... pero sé que nunca podré mirar a los ojos de mi niña.

"[...el estanque en el que anoche apareció sin vida el cuerpo de un joven de unos treinta años, casado y con una niña recién nacida es el mismo en el que hace siete años fue hallada la joven...],[...según fuentes policiales en el bolsillo del pantalón se ha encontrado una nota protegida por una pequeña bolsa plástica que hace pensar que el joven ha podido suicidarse...]"

miércoles, 25 de enero de 2012

LOCUS DE CONTROL


Corría el año 1984 de nuestra era y sabía que me disponía a presenciar un hecho que seguramente marcaría toda mi vida. Tendría que someter a mi memoria a un sobreesfuerzo al que no estoy dispuesto para recordar alguna anécdota narrable de esa época (el colegio, el barrio, la familia...) y, aun cuando lo consiguiese, estoy seguro de que por mucho que llegase a evocar nunca caería en el error de apostar mi ingente patrimonio al año exacto en el que este o aquel suceso se llegó a desarrollar. Sin embargo, periódicamente, mi maltrecha imaginación me hace rememorar en calidad HD retales de aquella fantástica final de la olimpiada de Los Angeles donde nuestra enorme selección nacional de baloncesto consiguió una merecidamente adjetivada,gracias al ingenio y brillantez del colectivo de periodistas deportivos,"mítica" medalla de plata. Entonces no entendía, hoy sí, la enorme apoteosis que tal logro significó. Solo escuchaba, con sorpresa, a través de la "Telefunken" de última generación (claro que a nadie se le ocurriría alardear de la generación en la que se fabricó su televisor en aquella época) como el narrador incidía una y otra vez a lo largo del partido en el majestuoso hito (¡qué narices significaría hito!?) que suponía el acontecimiento, mientras la selección de EEUU aplastaba de un modo humillante a nuestros pobres ídolos empequeñecidos. Tardé en aclarar el embrollo, pero la experiencia me demostraría en muchísimas ocasiones que es posible ganar perdiendo.

Sin dar tiempo a terminar el partido, supe que eso era lo que quería ser de mayor. Jugaría al baloncesto y haría todo lo posible por ser como Patrick ese enorme y joven pivot que abusaba de los Fernandos y se desembarazaba de ellos haciéndolo como si se tratasen de "Dormilón" y "Gruñón". Incluso a mis nueve años, sabía que mi desarrollo corporal jugaría un factor decisivo por lo que, en segunda instancia, decidí que sería más adecuado para mis cualidades físicas conformarme con parecerme al tal Michael, mucho más pequeño y delgado, ese que las metía todas desde cualquier ángulo. Con el tiempo, aquellos dos jóvenes atléticos de raza negra dejaron de ser mentados por sus nombres de pila y consiguieron gracias a sus apellidos hacerme llegar a pensar que podría ser un gran entrenador, o al menos, un espectacular ojeador técnico. Y digo bien con el tiempo, porque fue el mismo tiempo en que me percaté que aquel primer sueño de infancia no iba a poder ser cumplido jamás. El tiempo en que fui pasando por diversas posiciones, en el equipo del colegio, a la misma velocidad con la que los compañeros me iban ganando centímetros de estatura. Terminé mi incursión en el mundo del baloncesto cuando, jugando de base obligado por mi envergadura, descubrí que no era capaz de recordar como se llamaba el de aquel equipo legendario, a cuyos jugadores quise emular alguna vez. Fue así como supe que ya solo podía aspirar a tener previo beneplácito y capacidad crematística de mis progenitores, las botas de marca que vendían los apelativos de Ewing y Jordan.

Después llegaron otras olimpiadas y más insignias y condecoraciones; algunas de oro como la de fútbol de Barcelona 92 en las que la alegría no se veía salpicada por la desazón de ver a los nuestros vapuleados como geypermans sin cabeza por dobermans sin escrúpulos. Allí descubrí, imberbes y triunfales, a jugadores como Kiko sin arcos ni flechas imaginarias disparando su humildad a las cámaras, Cañizares con el pelo teñido de su verdadero color o Abelardo mucho antes de no recordar si fue primero su caída en la bañera o el desmayo. Pero para entonces, a punto de cumplir la mayoría de edad, sabía por donde no iba a ir encaminada mi vida y había muchas cosas que ya no anhelaba. ¡Bendita pérdida de inocencia! Aspiraba eso sí, a que Begoña dejase de hacerse la interesante aquellos inolvidables sábados de botellón (nosotros le llamábamos "quedar con los colegas a beber calimotxo" pero acepto, a regañadientes, el neotérmino) a las siete de la tarde. Aspiraba a que la muchacha de la segunda fila de la escuela de idiomas, espero disculpe mi falta de caballerosidad desde ya por no recordar su nombre, apareciese en el bar que frecuentábamos a las ocho si Begoña no había cedido antes. Aceptaba, ya daba igual, a cualquier chica que me hiciese algo de caso antes del toque de queda cuando la insolente de la escuela de idiomas me daba la espalda porque intuía que me acercaría para hablar con ella para comentarle algo importante que quería que supiera.

Seguí mi vida por donde me iba llevando y por donde me fui dejando llevar. Estudié una carrera porque me dijeron que tenía que labrarme un futuro para ganarme el pan y trabajé en lo que pude cuando comprendí que hacía falta mucho más que mí sudado título para ejercer lo que se suponía que tenía que ser mi profesión. Entendí que hay una serie de variables que en mayor o menor medida influyen en el itinerario por el que discurrimos en la vida y tomé las decisiones que estimé oportunas cuando me tocó hacerlo. Es posible que, muchas veces, en el fragor de las batallas que suponen para mí las interacciones sociales me haya quejado de la puta suerte, de la política, de la economía y de la madre que parió a la gente que prefiere gastar la mesada en videntes, pero sé que mis fracasos son míos y mis éxitos de todos los que me ayudan a conseguirlos (a que me sonará a mí esto ahora).

Posiblemente la mayoría comprendáis, por haberla padecido, la magnitud de la tragedia que supone para un alma de una década de estancia en el planeta Tierra tropezar con el desgarro atroz que puede generar la frustración de no poder cumplir un gran sueño. Te adaptas y sigues pero cuesta más, ¿cómo no va a resultar duro aceptar y tolerar un sentimiento del que ni siquiera conoces su nombre? Por eso escribí esta entrada con aflicción, pensando en lo terrible que debe ser la existencia para el pequeño porcentaje de seres humanos que no pasaron por algo similar. Porque conseguir lo que uno quiere con facilidad y sin obstáculos nos hace tener una percepción equivocada, nos lleva a pensar que nos merecemos cualquier cosa que queremos y que todo está a nuestro alcance esperando a que lo tomemos sin más. Y lo tomamos, muchas veces sin reparar en el precio y algunas sin ser conscientes de lo alto que este puede llegar a ser. Pensar que el éxito depende exclusivamente de nuestras capacidades y buscar cien mil culpables cuando las cartas no vienen bien dadas es un infierno infinitamente más aterrador que el desengaño de un niño de diez años descubriendo que nunca será como Michael Jordan. Por eso os compadezco, Etxebarrías y cías, porque deberíais ser extremadamente agradecidos con vuestro público y preguntaros que hacéis mal cuando no vendéis lo que esperáis. Deberíais ser conscientes, Alejandros y cías, que vuestro éxito depende del beneplácito de la gente a la que maldecís y no de vuestra magnificencia.

miércoles, 11 de enero de 2012

PERIODO DE PRUEBA


Toni llevaba una semana trabajando en el departamento comercial de aquella gran empresa de telefonía. Todavía había muchas cosas que no sabía pero ya empezaba a sentirse productivo y sacudirse la timidez inicial con el resto de sus compañeros. Demasiadas costumbres, ajenas y extrañas a las que adaptarse en un periodo tan corto de las que sabía que dependía su integración así que no dudo en ningún momento en aceptar el ofrecimiento de Pedro el día de su presentación:

-Encantado de conocerte. Cualquier cuestión que tengas no dudes en preguntármela. Considérame tu sherpa en esta montaña- se ofreció con extremada amabilidad aquel primer día y, desde entonces, Toni lo utiliza como su salvavidas particular, sometiéndolo a un continuo bombardeo de cuestiones de todo tipo.

-¿Qué hay detrás de esa puerta? ¿Por qué no puedo ni tocarla?¿muerde?-, bromeó recordando una de las primeras recomendaciones de sus compañeros nada más pisar la oficina y señalando el falso tabique del fondo. Desde fuera, el edificio parecía mucho más largo y Toni intuía que esa puerta debía de dar a una estancia, al menos tan espaciosa como la que albergaba su departamento y ese parecía ser el único acceso a la misma.

-Sinceramente, desconozco el motivo. Solo llevo seis meses en la empresa y sé lo que te he dicho. Nadie, nunca ha abierto esa puerta y nadie parece saber que hay tras la misma. Lo único que debemos tener en cuenta, es que no podemos pasar al otro lado si queremos que todo nos vaya bien aquí- contestó Pedro sin que se le notase un ápice que empezaba a maldecir la hora en que se brindó a ayudar al nuevo.

-Vaya, pues si que es misterioso el asunto-

-Más que misterioso, aterrador- bramó una ronca voz haciendo saltar del susto a los muchachos que al darse la vuelta observaron al hombre que se sentaba más cerca de la puerta y que había escuchado toda la conversación.

Jiménez, era el veterano del departamento. Era un tipo corpulento, de espesa barba cana y hoscas maneras. Sus compañeros más antiguos especulan con el día de su jubilación casi desde que le conocen y todavía se sorprenden cuando tiene a bien dirigirse a ellos de forma directa, sin notificación interna, mail o jefe que mantenga las distancias entre ellos.

-Han pasado más de treinta años y soy el único que queda. Estaba dispuesto a marcharme sin contarlo pero...- continuó Jiménez tratando de captar la atención de los chicos.

-¿Por qué solo lo sabe usted?- preguntó Toni demostrándole que había conseguido su objetivo.

-Porque aunque te parezca mentira, jovenzuelo, en todo este tiempo y a pesar de los muchos que como vosotros han pasado por estas dependencias, nadie ha tenido la curiosidad suficiente para preguntárselo en voz alta- respondió dejando en el ambiente un poso de ironía.

Jiménez contó que al principio la empresa funcionaba de otra manera. El departamento de comercial en el que se encontraban confluía con el de marketing y todos trabajaban juntos.

-Antes no existía ese tabique, ni por supuesto había ninguna puerta- explicó.

Trabajaban como un equipo, unidos, dándose ideas unos a otros y reinaba una camaradería espectacular tanto dentro como fuera de la oficina pero de pronto una mañana, sin previo aviso y a traición, apareció sin más.

-¿Cómo sin más?¿Alguien ordenaría ponerla?- observó Toni.
-Sí. Los tabiques no aparecen por arte de magia en las oficinas- se carcajeó Pedro.

Jiménez explicó que nadie supo nunca a ciencia cierta quien mandó poner la pared. Había demasiado ajetreo y carga de trabajo y no sobraba el tiempo como para desperdiciarlo preguntándose esas menudencias. Los jefes de nuestros respectivos departamentos se culparon el uno al otro y, en lugar de preguntar, empezaron una guerra y dejaron de hablarse. Los de recursos humanos, pensaron que era un encargo de dirección a mantenimiento. Los de mantenimiento creyeron, a su vez que fueron los de obras a requerimiento de recursos humanos y los de dirección solo bajaban a la "mina" por san Dositeo; ¿cómo iban a recordar que la última vez no había pared en esa planta?

-No me lo creo, entonces, ¿nadie hizo nada?-

-Nada. Nadie quiso dar orden de retirar la pared por miedo a contradecir a algún jefe superior. Pensaron que si estaba ahí sería por algo y a las dos semanas nadie volvió a reparar en ella. Ya formaba parte de nuestra rutina- contestó Jiménez

-Pero, ¿y vosotros que hicisteis?- dijo Toni.

-Alguien la tuvo que poner- insistió Pedro.

-Eso sería lo normal pero yo pienso, y nadie me lo sacará de la sesera aunque parezca cosa de locos, que el tabique apareció sin más y que realmente nadie lo puso ahí. Nosotros, dejamos de ser nosotros. Poco a poco dejamos de darnos los buenos días, de llevarnos los cafés, se acabaron las guerras de bolas de papel, las miradas cómplices de apoyo cuando la jornada era dura. Ellos dejaron incluso de entrar por nuestro lado del pasillo, lo cierto es que nunca supe por donde entraron a partir de entonces y ya nunca fuimos bien recibidos cuando cruzábamos a su lado; suerte que los servicios estaban del nuestro. Perdimos el contacto, ni siquiera continuamos la tradición de los jueves, cuando nos juntábamos para tapear y tomar cañas. Había compañeras que estaban de buena apariencia y, a veces, alguno terminábamos en lecho ajeno- dijo sonriendo nostálgicamente.

-Vaya con el abuelo, parecía una fiera y no era más que un pájaro- se burló Toni.

-Un respeto, chaval. ¡Qué aún había clases! A veces me pregunto que sería de ellos...y de ellas-.

-Pero, ¿En serio que nunca más supo nada?- preguntaron los nuevos.

-No, desde que se cerró la puerta- contestó apenado.

Contó que un día la puerta apareció cerrada. Fue la gota que rebosó el vaso. No les bastaba con poner una barrera entre ellos, tenían que humillarles cortando todo tipo de comunicación. Fue Martínez, el más impetuoso, el que dio el primer paso. Decidido, corrió hasta la puerta dispuesto a cantarles las cuarenta tocó el pomo y desapareció.

-¿Cómo que desapareció?-.

-Ha pasado mucho tiempo y los detalles no llegan a mi memoria con nitidez pero recuerdo que ninguno de nosotros fuimos conscientes de haber visto a Martínez pasar al otro lado. Ni siquiera pudimos asegurar que hubiese abierto la puerta, solo le recordamos tocando el pomo, pero claro...sería imposible...- dudó.

-¿Preguntásteis a los de Recursos Humanos?-.

- Y al jefe del departamento y a los de los sindicatos. Nadie dio una respuesta clara de lo que había pasado con Martínez pero al día siguiente el escritorio, la silla y sus enseres habían desaparecido y simplemente fuimos dejando de pensar en él. Desde entonces nadie más ha vuelto a tocar esa puerta-.








sábado, 7 de enero de 2012

LA CARTERA


Durante el paseo observaba detenidamente a mi recién adoptado compañero tratando de averiguar el nombre que mejor se adaptaba a su personalidad. Sin llegar todavía a una conclusión certera, se acercó al neumático posterior del vehículo aparcado justo enfrente de la sucursal y decidió comenzar a marcar territorio. Me fijé en sus puntiagudas orejas, en su pequeño hocico y en aquel gracioso mechón blanco que adornaba su patita y que destacaba graciosamente al levantarla para llevar a cabo la tarea evacuatoria. Al terminar, se dio la vuelta para comprobar si su obra había alcanzado las dimensiones por él pretendidas y fue justo cuando descubrí, pegado al bordillo de la acera, medio incrustada en la boca de una alcantarilla una cartera de piel oportunamente cubierta por varias piezas desprendidas de hojarasca otoñal.

Comprobando que nadie había reparado en mi descubrimiento, la recogí con el mayor disimulo posible, utilizando, a modo de parapeto, la bolsa plástica que portaba para recoger las futuras heces de... Innombrado ( el asunto del bautismo había dejado de ser prioritario en aquel instante). Todavía en cuclillas eché un rápido vistazo al interior; tenía todo tipo de documentación, el monedero vacío pero en el portabilletes pude contar, guardados en dos dobleces, doce billetes de quinientos euros y alguno más de distintos colores que no perdí el tiempo en contar.
Halagado por la fascinante habilidad del lector a la hora de calcular el montante total, me incorporé, sobreviniéndome una terrible duda ética acerca de lo que sería más conveniente hacer. ¿Sería mejor ingresarlo en mi cuenta bancaria o por el contrario debería guardarlo en casa y gastarlo poco a poco? Mientras dejaba a Innombrado en su nuevo hogar y le servía algo de líquido, pensé que no debía ingresar el dinero sin más. Si preguntaban, no podría justificar tanta cantidad y posiblemente levantaría sospechas. Además no tenía la certeza de que fueran de curso legal; podría meterme en un buen lío. Lo mejor sería ir de uno en uno, a doce oficinas distintas, de este modo seguro que no harían tantas preguntas. Pero, ¿y si el dueño ha denunciado el robo y los billetes están marcados? Definitivamente, pensé que sería más seguro guardarlo y cambiarlo en la calle.

Me acerqué de nuevo a la zona donde encontré la cartera y descubrí un hallazgo escalofriante, entre comercios y municipales conté siete cámaras de vigilancia en la manzana. Salí del barrio y entré bastante nervioso en una cafetería. Necesitaba pensar, pedí un café y cogí una revista para parecer sereno. Podía pagar el café con el billete pero no iban a querer cambiarme y no me convenía ir por ahí comprando baratijas y tratando de endosar el papelón. Tenía que hacer una compra mayor. Fui hasta unos almacenes de corte sajón para ver que se cocía en la sección de informática, por ejemplo. En el trayecto, sentía que todos los transeúntes clavaban sus miradas en mí. Cada vez me notaba más nervioso y no podía dejar de mirar para atrás a cada paso que daba. En el interior del comercio, me pareció que trabajaba aquella mañana más personal de seguridad que el de costumbre. -"Es posible que a estas alturas todos hayan visto mi foto recogiendo esa maldita cartera". Una gota de sudor manó de mi frente al tiempo que decidí salir del local a paso ligero.

A estas alturas, sabía que mi dinero estaba sucio y tenía que buscar una manera de blanquearlo. Se me ocurrió, sin mucho convencimiento, pasar por alguna administración de lotería para ver si había caído algún premio aquellos días por ahí. Podría comprar algún boleto premiado como dicen que hacen algunos políticos y empresarios. No tenía más que acercarme al lotero y preguntar si conocía a algún afortunado interesado en vender su décimo... parecía evidente que ese tampoco era el camino. Un desconocido haciendo preguntas... nada le impediría al vendedor llamar a la policía sin plantearse un instante que no puedo ser tan tonto para preguntar, si mi intención ulterior fuese cometer un robo a mano armada. Podría explicarlo y confiar que me entendiese, pero arriesgaría demasiado...y, además, mi cara no se parece a la de Fabra.

-"Amigos, eso es, amigos. Conozco a unos cuantos que tienen pequeñas empresas. Les explico la situación y lo arreglamos con un par de facturas que no van a ningún lado. Perfecto", pensé. Lo malo es que a los honrados no seré capaz de convencerlos y los que pudiesen estar dispuestos a ayudarme... ¿por qué no iban a querer sacar tajada? Me pedirían, ¿cuánto? ¿El cincuenta por ciento? Si hay algo que tengo claro es que no llegaré a ningún acuerdo con ese hatajo de egoístas que no están dispuestos a echar una mano sin pedir nada a cambio. No se puede ser más miserable.

Hacía hora y media que tenía en mi poder aquella furtiva fortuna y ya pensaba que los eficaces detectives nacionales no tardarían en echarme el guante así que hice lo que cualquier ciudadano honrado habría hecho en mi lugar. Llamé a la prensa para que mi buena acción no cayese en saco roto y entregué lo encontrado en la comisaria. Al poco, se presentó el propietario. Al verle me alegré. Podía haber sido cualquier otro ricacho impresentable pero era uno de los cabezas de lista de mi partido político. Le expliqué que no dudé un segundo en devolver la cartera y me felicitó por haber actuado bien. Me explicó que el dinero iba a donarlo a una asociación benéfica cuando se extravió. Nos hicimos unas fotos y salí en las páginas locales del diario de la ciudad. Lo mejor fue que me dió una suculenta gratificación como compensación de doscientos cincuenta euros.

-"¿Me los puedes dar en billetes pequeños?", le dije. Nos dimos un fuerte apretón de manos.