domingo, 24 de marzo de 2013

AQUELLA NOCHE EN LA QUE EL TELÉFONO SONÓ

      De aquel día en que el teléfono sonó no recuerdo bien la fecha exacta. Presumo que fue un día de fin de año, entre otras cosas porque estábamos cenando todos y no solíamos reunirnos a esas horas si no era para disfrutar de alguna celebración especial. Estábamos alegres, charlando de cualquier tema que se nos viniera a la mente y comiendo todo tipo de manjares preparados con entusiasmo para la ocasión. A muchos nos cogió por sorpresa y más de uno se sobresaltó. Permanecimos en silencio, conteniendo la respiración; con el último bocado apresado entre los dientes agonizando a causa de la deliberada pausa ante un fin que se demoraba más de lo habitual. Con premura descolgó el teléfono ante nuestra inquisitiva y ansiosa mirada y contestó: ¿Digamelón?.

     Las carcajadas ante la tele no remitieron hasta bastante tiempo después de desaparecer de la pantalla  Millán Salcedo y el esperpéntico saludo empezaba a pegársenos a las cuerdas vocales como si desde ellas quisiera mandarle un mensaje a nuestros cerebros: Cuando te encuentres con alguien en cualquier lado o contestes al teléfono la llamada de algún amigo de confianza pronúnciame al saludar. ¡Verás las risas!
Había nacido una muletilla socarrona. Toda España (increíblemente o no) disfrutó aquella noche con el programa... bueno... toda no...en algún lugar de la península había una joven persona a la que la broma no le chistó lo más mínimo....una persona....

    Fati por aquella época era una muchacha vivaracha y avispada que cursaba sus estudios superiores en alguna Universidad de prestigio de este bendito país. Prestigio era en aquella época (y sigue siéndolo hoy en día) la palabra eufemística que las clases adineradas utilizaban (y todavía siguen haciéndolo) para no tener que hablar de dinero. Los que no lo tengáis no lo sabréis pero para quien lo tiene, está muy feo hablar de él. Probablemente sea debido a que por naturaleza, el ser humano tiende a ocultar sus obsesiones. Cuestión de pudor como el del maníaco sexual que disimula en las conversaciones hablando de coches y otros asuntos intrascendentes. Y el mismo prestigio que servía para aumentar el caché del centro solía valer como argumento para incrementar las notas de estudiantes avispados y vivarachos como Fati que se iban labrando un curriculum brillante siempre que su "acreditado" progenitor fuese lo suficientemente altruista como para compartir parte de "reconocimiento" a beneficio de la Universidad de turno.

    Decíamos que Fati era una muchacha vivaracha y avispada y sabíamos también que fue la única que no se carcajeó aquella noche en la que el teléfono sonó pero todavía no tenemos muy clara la razón. Al día siguiente Fati decidió cambiar su peinado, ensayó varias expresiones clave durante horas ante el espejo y cuando no le quedó más remedio convino en salir a la calle. Los primeros transeúntes con los que se cruzó le hicieron pensar que todo iría bien pero vivía en un barrio grande y aquella gente le resultaba totalmente desconocida, no podía cantar victoria. Fue en el quiosco, en el que siempre compraba la prensa, donde empezó a notar que todo había cambiado. Don Julián, el quiosquero, era un señor afable, próximo a la jubilación, acostumbrado a tratar con todo tipo de gente y a comportarse en cualquier situación, era un caballero y sabría tratarla con decencia pero no pudo reprimir un suspiro al verla aparecer y la mueca que el enorme mostacho encanecido encubría no era la misma que solía poner habitualmente al saludar. Y ese  tipo de detalles Fati sabía captarlos. 

    Las cosas fueron paulatinamente empeorando para ella; señoras que cuchicheaban en la tienda a sus espaldas, niños pequeños que señalaban y se reían en la calle ante el gesto represor de sus padres que se debatían entre el rubor y la hilaridad, algún toque de claxon (si bien Fati quería pensar que estos podían deberse a otros motivos, tales como el esplendor con que su falda resaltaba el moreno de sus rodillas o aquel cardado tan a la moda esos días). Pero lo peor llegó cuando quedó con su novio y la pandilla en el bar de siempre. Abrió vacilante la puerta y se dirigió hasta donde se encontraban. Al verla llegar todos clavaron sus pícaras miradas en ella y la saludaron: ¿Digamelón?

Fati salió corriendo y llorando del bar. Se volvió a casa entre sollozos comprendiendo que solo había una solución y no quedaba más remedio que tomar aquella decisión. Al día siguiente hizo las maletas, abandonó su ciudad y a su familia y se marchó a cualquier otro lugar en el que no pudiera ser reconocida.

    En una semana la Fati estaba cursando sus estudios superiores en aquella nueva ciudad, en cualquier otra Universidad de prestigio que se mostró encantada de poder compartirlo con el de su padre a pesar de estar tan avanzado ya el curso académico. No sería ningún problema, además de vivaracha, la Fati era una chica avispada y podría ponerse pronto al día, además el profesorado aseguraba que le daría todas las facilidades para que así fuera. Su vida volvía a ser aparentemente normal pero Fati tenía clavada una punzante daga muy dentro de su alma. Durante años la maldita coletilla le perseguía y le recordaba aquella maldita situación que la obligó a huir de todo lo que conocía.

    Mientras Fati se iba convirtiendo en lo que hoy en día llegó a ser, fue planeando su venganza. Su odio se acrecentaba y culpaba a todo el mundo de haberla obligado a abandonar su lugar. No pasaba un solo día en que no recordara el trago y el rencor se fue apoderando de ella; la gente que se reía, los amigos, su novio, todos estos años de escuchar la expresión una y otra vez.... Fati se convirtió en una mujer retraída, le costaba relacionarse con los demás y no son pocos los rumores sobre su inactividad sexual. Se encerró en si misma y se condujo siempre conforme a su plan, trazado para consumar la venganza con la que poder aliviar su desazón. Cuando llegó al ministerio todos los que la conocían tenían claro para que había sido. Empezó a recortar presupuestos y fue elaborando leyes que estrangulaban más a todos, todos esos necios estúpidos que en su día pronunciaron aquella absurda coletilla y que se carcajearon con el aspecto de aquella mujer en la tele sabrían por fin qué se siente cuando se pierden derechos que daban por sentados. Solo quedaba el último detalle para poner la guinda a la venganza. La Fati rescató de lo más profundo del armario el vestido que solía llevar y se peinó como lo hacía por aquel entonces, antes de la fatídica noche en la que el teléfono sonó. Quería que todos en su antiguo barrio supieran quien era y fueran conscientes de que era ella la que reiría en último lugar, había ganado.
 
    La gente comprendió entonces que reírse del asombroso parecido de la Fati con aquella mujer que contestó: ¿Digamelon? había sido un error que iban a pagar muy caro. 

                             
  


1 comentario:

  1. jajajajajajaja que grande eres Edu; yo durante una época respondía al teléfono diciendo: telecinco dígame?

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